domingo, 24 de abril de 2016

La Ruleta de la Fortuna

Querido amigo

La claridad del alba disipó las últimas penumbras de la noche y, a través de los tupidos estratos de bruma matutina, todo hasta donde se perdía la vista desde el ventanal de su alcoba amanecía sepultado bajo un denso y gélido manto de nieve, sobre el que apenas aún se apreciaba la carretera. Aquella tempestad que barría el país de norte a sur despertó en su psique un temporal de muy diferente sesgo.

Por primera vez desde que se instalara en aquella apartada casa de campo, sintió rejuvenecerse la ansiedad que otrora la consumiera. En vano buscar una gota de vodka con que aplacar el furor de su espíritu, en vano sofocarse con una calada a un cigarrillo.

Cierto día no muy lejano, había huido de las interminables jornadas de especulación e índices financieros, y de las temerarias transacciones en las que, por un decimal que bailara, se cosechaba una fortuna o se arriesgaba el cuello,..; y también había dejado atrás el primer trago de vodka con el que confundía la vacua euforia laboral cuando cada noche, reinando ya la madrugada, se derrumbaba en el bar más próximo a la oficina y, por unos instantes, calmaba el alarido de libertad que la oprimía, dando pie a veladas desaforadas donde no se miraba el dinero, y que culminaban, no pocas veces, esperando del glacial abrazo de algún extraño lo que los somníferos le negaban.

Pero todo lo abandonó sin despedirse una mañana de atasco. Sin saber cómo ni cuándo, se alejó de la ciudad por el primer desvío que se le presentó. No hubo premeditación, no reparó hacia dónde se descarriaba,  pero con idéntica naturalidad con la que cotidianamente se encaminaba al trabajo, aquella mañana desertó de la ciudad, de su esclavitud, de su libertinaje,.. como si alguien la aguardase al final de aquel viaje hacia algún recóndito paraje, yermo y sumergido en las mansas entrañas del olvido.

A mediodía se detuvo en una gasolinera y, mientras le llenaban el depósito, vació en un contenedor los rescoldos de la vida a la que renunciaba: un cartón de tabaco, una petaca de vodka, varias cajas empezadas de  ansiolíticos y -lo que mayor placer le causó- el portafolios repleto de documentos confidenciales. Cuando reanudó el viaje, sintió que volvía a respirar de nuevo, que se había quitado un peso de encima, y los ojos se le arrasaron de lágrimas.

Al anochecer cesó el llanto, y segura de haber alcanzado su destino, se detuvo en una cuneta, rodeada de tinieblas. Apenas podía aguantar el peso de sus párpados. El cansancio de varias horas al volante y la calma de espíritu que se amalgamaba con la dulzura del paisaje circundante, la arrojaron a un sereno sueño reparador -allí mismo, en el coche-, que por primera vez en mucho tiempo, no precisó de pastillas para inducirse. Al rayar el día, el alegre trino de los pájaros la despertó junto a una solitaria casa de campo. Unas horas después, firmó un cheque y, así de fácil, adquirió la hacienda, donde se instaló y dio por inaugurada una nueva etapa de su vida.

Al principio, se recogió en sí misma, extraviándose en largos y solitarios paseos por el monte, en los cuales anhelaba encontrase de nuevo; absorbiéndose durante horas en la contemplación de un nido, de un castaño, o de las nubes del cielo. Aventuras todas ellas, que no experimentara desde la primera infancia.

Buscó aislarse de todo estímulo perturbador que pudiera arrancarla de la ansiada paz con la que la naturaleza y el aire puro comenzaban a sanar su espíritu. La soledad y el silencio no tardaron en dar sus frutos, y a los pocos meses de retiro, recobró la sonrisa y el amor por la vida. Esta era su historia.

Sin embargo, aquella mañana, la angustia regresó de otro tiempo lejano y se apoderó de su ánimo. Aquel confinamiento distaba mucho de su encierro espiritual voluntario. Amaba ahora más que nunca su libertad, y se desesperaba ante el leve pensamiento de perderla, aunque se tratara de un hurto temporal por parte de la naturaleza. Pero por encima de todo temor, toda aquella albura que rodeaba la casa evocó en ella un porvenir llano y exento de emociones. Y, mientras, continuaba nevando. En una hora la carretera desaparecería junto al campo, todo sepultado bajo el gélido aliento del invierno, cerrando así la única vía de escape y abandonándola allí, prisionera en su propio hogar, en medio de un universo níveo.

Presa de pavor, montó en su coche y tomó rumbo hacia el pueblo vecino. Las ruedas patinaban en el asfalto helado. Conducía en vilo, concentrada en no quebrar el fino equilibrio entre el acelerador y el freno, ya que uno y otro recobraban entonces, como nunca, la eterna lid entre fuerzas antagónicas, entre la acción y la reacción que, cual amor y odio, se medían entre sí con riesgo de desatar el caos. Y el caos aguardaba en una curva cerrada, un giro del destino que trastornó sus planes y arrojó el automóvil al ribazo de la carretera. En balde intentó devolverlo a la calzada, cuanto más aceleraba, más ahondaban los neumáticos en la nieve terrosa.

Entonces, como un ser prehistórico, surgió una figura de la ventisca. Una sonrisa que se iba perfilando en la espesa bruma que envolvía la escena. Un aparecido de la nada que, como ángel custodio, bajaba del cielo para sacarla del atolladero. ¡Y qué sonrisa! Ni el frío ni la nieve que le cubría de la cabeza a los pies podían someterla.

- ¿Puedo ayudarte? - la interrogó, inclinándose hacia la ventanilla.

- No puedo salir de aquí. - respondió ella, sin soltar el volante.

Los ojos de aquel hombre brillaban como las cumbres de las montañas en una mañana despejada. No se hizo de rogar. Ante la estupefacción de ella, abrió el maletero del vehículo y buscó con que ayudarse para despejar la nieve que envolvía las ruedas. Al cabo de unos minutos, se le oyó gritar:

- ¡Acelere! 

Ella pisó el pedal y el auto amagó con liberarse de la trampa.

- ¡Acelere un poco más! ¡Un poco más! ... ¡Vamos, maldita sea! ¡Acelere! - bramó, como un animal herido.

Tres o cuatro empellones de acelerador más y el coche regresó a la carretera. Delante de sí enfilaba una larga recta hasta el pueblo, sin más curvas donde volver a entramparse.

- Muchas gracias, no sé cómo pagarle su ayuda... 

- Ahora ya es usted libre de nuevo. - replicó él, clavando su mirada y sonrisa en ella.

- ¿Quiere que le acerque al pueblo? 

- Gracias, pero no siempre se gana a la ruleta de la Fortuna...

- No me importa correr el riesgo.

. No desearía que ganara la banca

- ¿Por qué? 

- Porque - y se acercó al cristal de la ventanilla, tanto que ella creyó que se iba a meter en el coche por ella - lo perdería usted todo, señora... -  y, sin esperar a que ella pronunciara otra palabra más, volvió a difuminarse en la bruma, igual que había venido.

Al llegar al pueblo, se detuvo ante un control de la guardia rural. Por las calles del pueblo también se cruzó con varias patrullas. Sin duda, la guarnición se había movilizado ante las inclemencias de la nevada.

Condujo hasta el hostal, donde se alojó en una cálida habitación con vistas a la plaza mayor. Allí se hospedaría mientras durara la nevada, hasta que la nieve se fundiese y reapareciera la carretera. Necesitaba el calor de la civilización, por otra parte. Hacía tiempo que no conversaba con nadie, tan inmersa en su mundo había vivido desde que estrenara su nueva vida.

Con un vaso de vodka devolviéndole la sensibilidad de las manos, sintió ganas de sincerarse con la dueña del hostal, una mujer ya madura en años, que le inspiraba confianza. Muy lejos quedaban los advenedizos encuentros que abandonara en la ciudad, con quienes las palabras carecían de significado, impermeables a los sentimientos. Con aquella mujer se sintió segura, libre de todo examen y juicio. La nieve, la vida en el pueblo, el color de los campos, el manantial de la montaña, la rueda de molino,.. todo cobraba un valor especial, todo emergía como ambrosía que sólo unos privilegiados arribaban a saborear con los cinco sentidos. Charlaron hasta muy tarde y, cuando se despidieron para retirarse a dormir, le extrañó la agitación con la que aquella mujer cerraba la puerta, los postigos de las ventanas, clausurando la casa con meticulosidad.

- No vaya a ser que se nos meta en casa el demente ése que anda buscando la guardia - se explicó, ante la mirada interrogante de su huésped.

- ¿Un demente? 

- Sí hija, sí, un loco muy peligroso que se ha fugado esta mañana del sanatorio. Pero no temas, que si se atreve a asomarse, no le lucirá bien el pelo - concluyó la casera, esgrimiendo un gran cuchillo de cocina.

Aquella noche, apenas pudo conciliar el sueño. Los efluvios del vodka, el fortuito encuentro en medio de la nieve, la ruleta de la Fortuna, aquella enigmática mirada, la noticia de la evasión del psicópata..., formaron un combinado demasiado fuerte para el sosegado espíritu que había ido cultivando en los últimos meses.

Durante los tres días que duró el temporal, en el pueblo no se hablaba sino de la fuga del manicomio. En un lugar donde nunca acaece nada de importancia, la población se olvidaba por unos días de las comidillas de vecinos que adornaban sus vidas cotidianas para departir de un asunto de verdad, de los que terminan por atraer a la prensa.

Ella, sin embargo, ocultó el extraño encuentro que había tenido en la nieve. Sentía un fuerte presagio. Tan poderoso, que sentía que todo le daba vueltas alrededor doquiera que recordase aquella mirada, aquellas coléricas voces que se ahogaban en la compacta quietud circundante.

De vuelta a su casa, el corazón le latía cada vez más fuerte cuanto más se aproximaba. A lo lejos distinguió el penacho de humo que vomitaba la chimenea. Sus sentidos se erizaron. Detuvo el coche en la puerta principal. Unos ojos brillantes como los rayos del sol que atraviesan un lago, y una sonrisa imborrable se asomaban a través de una ventana.

Comprendió entonces que le faltaba algo en la nueva vida que había adoptado. No podía cortar abruptamente con su pasado, porque extrañaba el apego al riesgo, el jugarse el cuello en todo momento. Y había que estar muy loca para enfrentarse, día a día, con la incertidumbre de la vida, que gira y da premios, o se lo lleva todo de golpe, como en una ruleta de la Fortuna.

Un abrazo

domingo, 31 de enero de 2016

Voz de luz

Querido amigo:

Había una vez una ciudad maravillosa donde vivía una chica que no hablaba. Los vecinos se habían acostumbrado a verla recorrer siempre el mismo camino, siempre a la misma hora, lloviese o luciese el sol, de su casa al mirador del mar y de éste a su casa. Y nadie, nadie, le había oído jamás pronunciar palabra alguna.

Conforme crecía la muchacha aumentaba también su belleza, por lo que muchos pretendientes se le acercaban con la esperanza de conquistar su corazón, mas ella si quiera les dirigía la mirada e, imperturbable, continuaba su camino, ensimismada en su profundo silencio.

El día que cumplió la mayoría de edad ocurrió algo asombroso. La chica salió de su casa antes de la hora de costumbre, mucho antes de que se hubieran despertado los vecinos, y no se encaminó hacia el mirador del mar, sino que se adentró en la ciudad por primera vez en su vida.

Recorrió sus calles todavía desiertas, embelesada con tanta hermosura. De repente, le llamó la atención algo, produciéndole gran agitación. Volvió sobre sus pasos para detenerse ante un escaparate donde se exhibía el retrato de una hermosa mujer, su vivo retrato.

 Una fuerza para ella hasta entonces desconocida le infundió el valor para entrar en aquel comercio, el único misteriosamente abierto en toda la ciudad a aquella temprana hora. La estancia se envolvía en sombras. A medida que sus pupilas iban dando forma al mostrador, las estanterías y el abigarrado género que la rodeaba, vislumbró en tinieblas a un hombre, cuya voz la cautivó desde el primer instante.

- Pasa, no temas-, le dijo con ternura.

- ¿Quién es la mujer del retrato que hay en el escaparate? -, preguntó ella, sorprendiéndose a sí misma con el timbre de su propia voz.

- Es la mujer que amo, así la soñé, así la pinté-, precisó el hombre.

- Me he reconocido en ella...- apenas pudo pronunciar, porque el hombre se incorporó y, emergiendo de la penumbra, se acercó hasta ella y la abrazó.

- Entonces -, susurró él -te amo-.

Sólo entonces descubrió al joven y hermoso rostro que encarnaba la voz que la había apasionado, pero también la falta de expresión de sus oscuros ojos, porque el muchacho no podía ver. ¿Cómo había podido retratarla con tanto detalle? Por otra parte ¿es que no se había sorprendido a sí misma escuchándose hablar por primera vez en su vida?

 Olvidando todas esas preguntas, dejando atrás cualquier posible temor, ladeó la cabeza y le ofreció sus labios, fundiéndose ambos en un largo beso. Cuando abrió los ojos, los de él habían cobrado vida. El rostro de ella, sólo soñado hasta entonces, se dibujaba en la retina inmaculada del muchacho a medida que la escasa luz del alba iluminaba el milagro del amor.

En realidad, sólo un sentimiento ancestral y eterno podía explicar como ella le brindó sus ojos y él a ella su voz; un misterio que ningún vecino alcanzaba a comprender cuando se cruzaban con el muchacho ciego y la muchacha muda, a la misma hora, lloviese o luciese el sol, de la tienda al mirador del mar.

Un abrazo

domingo, 22 de marzo de 2015

La Corrala

Querido amigo:

Había una vez una comunidad de vecinos, cuyas vidas coincidían en una recoleta corrala. Allí tendían la ropa, lavaban las bicicletas, jugaban con los niños, celebraban las fiestas del barrio o se sentaban a charlar en las cálidas veladas estivales.

La existencia discurría como un río de mansa superficie, cuyo fondo surcaban turbulentas corrientes. De ahí que en la corrala reverberasen los pulsos vitales de sus habitantes. con sus pasiones y bajezas, sin que nada empañara en apariencia la gozosa armonía del día a día.

Cada cual guardaba sus secretos, y la mayoría se jactaba de haber descubierto los secretos ajenos, aunque pocos admitían que sus propios secretos volaban también de boca en boca, como mariposas en un florido prado.

Al cabo de un tiempo en la comunidad, todo recién llegado terminaba por enredarse en la tupida tela de araña que sostenía la convivencia cotidiana. Incluso los espíritus más reacios y reservados; no se diga ya, de los más locuaces. Una vez prisioneros en la red, como incautas moscas, costaba mucho desasirse y alejarse para contemplar la corrala a la juiciosa luz de la perspectiva.

Sólo un observador neutral podía confraternizar en el patio sin caer en la tela. Harto difícil parecía vivir como un funambulista emocional, caminando por la delgada cuerda que separaba la vida íntima de la vecinal. Porque más tarde o más temprano, todos hemos menester de expresar nuestros sentimientos, y dicha flaqueza tan humana bastaba para que la red nos capturara. O bien llegaba un día en que algún vecino revelaba alguna "inocente" observación sobre nosotros, y claro, desmentirla o reconocerla requería, casi siempre en estas ocasiones, enmadejarnos del todo.

Un espectador neutral había de inmiscuirse en todo y pasar inadvertido al mismo tiempo. Debía aprender a domeñar sus impulsos lo bastante como para no delatarse, y a la par, no despertar hacia sí el interés de ninguno de los fisgones que poblaban la corrala. No parecía de este mundo, semejante observador, pero existía, empero.

Apareció una mañana en la corrala, meneando alegremente su rabico. La portera fue a buscar el escobón para echarlo fuera, pero el perrico la conquistó con sólo una mirada; unas pupilas plenas de ternura y cariño que desarmaron toda renuencia en la buena señora. Luego alguien le bajó las sobras del almuerzo en una escudilla, y desde aquel momento la corrala adoptó al vagabundo.

He de confesar que el canino me desconcertó desde el primer instante que nos vimos. Esa agudeza en su mirada, como si entendiera nuestras pláticas vecinales, o la ironía burlesca que traslucía su forma de sacar la lengua. Cuando una vez le sorprendí rascándose detrás de la oreja, comprendí que había captado todas las sandeces que profería mi vecino sobre montar un gimnasio en la corrala. Juré entonces, incluso, que hasta le vi guiñarme un ojo.

Conforme pasaban los días, el nuevo inquilino de la corrala me tomó afecto, y no desaprovechaba oportunidad para colarse en mi cuarto de estar. Desplegaba en sus visitas toda una suerte de dotes teatrales, nunca antes vistas en un perro. Carecía de palabras, pero sus gestos no daban lugar a dudas. Anonadado, yo no le quitaba ojo, mientras que me llovían a la mente los más estrambóticos pensamientos. Como si de una misteriosa telepatía perruna se tratase, reflexionaba, pues, sobre el descompás que había entre los ritmos vitales de algunos vecinos, ritmos que medían la tolerante paciencia, o la paciente tolerancia - como se prefiera-, manantial de calladas discordias. De ahí, el fluido mental saltaba de la metafísica al chismorreo, como que tal se había enamorada de cuál, o que éste no tragaba a aquel.

No compartí con nadie aquellas confidencias con el perro. No se me hubiera creído y, lo que es peor, me hubiera labrado reputación de loco. Reconozco que yo mismo no las tenía todas conmigo. Por consiguiente, acabé por obsesionarme con el animalico, y lo sometía a cerrada vigilancia, en tanto que él me propinaba miradas tranquilizadoras, insinuándome que no había de qué preocuparme.

Dicho esto, se retiraba a llevarle el correo a una anciana que apenas salía de su casa; o mecía con el rabo la cuna de un bebé, que al punto cesaba en su lloriqueo, sumiéndose en profundo sueño; o bajaba la basura de un señor que padecía de gota; o jugaba a la pelota con la chiquillería de la corrala.

Pese a tales gracias, nadie concedía la menor importancia al chucho, como se referían a él con un deje de desdén. ¡Como si todas aquellas virtudes se esperaran de un perro cualquiera! Pero nuestro perro, no era un cualquiera.

Tanto insistió con sus visitas a casa, que terminamos haciéndonos uña y carne. No había anécdota ni reflexión que no compartiera conmigo. Yo tampoco tenía secretos para él, pues confiaba plenamente en su discreción. ¡Ay, y qué buenos ratos pasamos juntos! Todavía lo estoy viendo, parodiando como el fulano le hizo trampa a las cartas al mengano.

Una tarde, al despertarme de la siesta, me lo encontré en la cocina, terminándose los restos de un potaje. Había confianza, como ya he dicho. Tras saciarse, me miró con pena, como nunca antes me había mirado, para luego pronunciar perfectamente: Querido amigo, me marcho. Tengo perra y cachorros que me necesitan y en esta corrala ya he cumplido bastante. Cuídate mucho y hasta siempre. 

Nos dejó, efectivamente. A ningún vecino le extrañó verle salir de la corrala, porque siempre había entrado y salido cuando le placía, pero al anochecer le echaron de menos. Al poco, se habían olvidado de él. No así yo, que me acuerdo de aquel perro todos los días. Claro que, ausente él, yo mismo he ocupado el lugar del observador neutral, pues a nadie he logrado volver a confiar mis sentimientos, ni a nadie le preocupan lo más mínimo; de manero que existo en la tela de araña, más como araña que como mosca, tejiendo pacientemente silenciosos retales que mantengan, como siempre, la armonía de nuestra recoleta corrala.

Un abrazo

domingo, 1 de febrero de 2015

La herencia

Querido amigo:

Aquella mañana se celebraba uno de los consejos de dirección más importantes, sino el que más, de la historia de la compañía. Tras cinco décadas al frente de la misma, el abuelo fundador carecía ya de fuerzas para seguir gobernándola, y había convocado en consejo a sus hijos y nietos para nombrar a un nuevo presidente.

Vetusto y achacoso, el nonagenario llegó el primero a la elegante sala, ubicada en la última planta del imponente rascacielos que albergaba la sede de la empresa. El edificio más emblemático para la firma más prestigiosa de la ciudad. Ni la altura desde la que se dominaba un vasto paisaje, ni el lujo austero de la sala de juntas remembraban los humildes cimientos de aquel colosal imperio.

Mientras aguardaba la llegada de sus familiares, el anciano se abstrajo evocando con nostalgia el primer taller, el primer contrato de ventas, la primera oficina, las inacabables jornadas de trabajo hasta bien entrada la madrugada, los tiempos duros - que nunca faltaron-, los entrañables y leales colaboradores, la expansión internacional, el reconocimiento y... La amarga resonancia del siguiente recuerdo ensombreció el ánimo del viejo.

Poco a poco se fue poblando la sala. Los últimos comparecieron con más de media hora de retraso. Creyendo que el abuelo cabeceaba adormecido, unos y otros conjeturaban en voz baja quién heredaría la corona, Mas no sesteaba el patriarca, si no que escrutaba con agudo oído cuánto se murmuraba en los distintos corrillos que se habían cerrado a su alrededor.

Llevaba años temiendo este momento, pero llegado al mismo, creía haber resuelto la mejor decisión para la familia y para la empresa. Había meditado hondamente sobre cada uno de sus hijos. Todos ellos se habían educado en el mejor colegio de la ciudad, aunque con expedientes muy disímiles, Todos ellos prefirieron hacer carrera con sus propios negocios y aventuras, aunque al final, todos ellos acabaron por regresar a él, implorando abrigo bajo el paraguas protector del imperio paterno. No podía reprocharles nada, pues como niños ricos los mimó y como niños ricos se comportaban.

Al mayor le legó su carácter fuerte y emprendedor, lo cuál no dejaba de inquietarle. A la edad de su primogénito, el padre también había alzado la voz ante algún subordinado, pero el tiempo y el enorme esfuerzo consagrado a la causa mercantil, le habían propinado muchas curas de humildad, y hoy en día se avergonzaba aún de aquella temprana soberbia. Por ello, la soberbia de su hijo también había de aguardar sus propios remedios, y no pocas veces barajó la opción de testar en él.

A su manera, se sentía orgulloso de cada uno de sus hijos. Sin embargo, ninguno mostraba los atributos idóneos para patronear el buque. Otro tanto se podía contar de los nietos, a excepción de uno de ellos.

El nieto díscolo. Nada podía esperarse de él. Siempre obedeció a sus impulsos, nunca le importó nada. Los demás herederos le habían descartado de la carrera sucesoria. Sin embargo, a pesar de que nunca se había dignado a presentarse a ningún consejo, el abuelo se empecinaba en conservar su sillón vacío, esgrimiendo que su nieto nunca le había pedido dinero y que, si hacía su voluntad, se mantenía a malas penas con el fruto de su propio esfuerzo.

El abuelo carraspeó y se hizo el silencio en la sala. Todos contenían la respiración, expectantes a las palabras del fundador. Pero éste callaba.

- ¿Esperamos a alguien más? - inquirió el primogénito.

El abuelo no respondió, posando la mirada sobe el sillón vacante.

El hijo mayor iba a replicar que no merecía tanta consideración quien sobradamente había ignorado todo interés por la compañía, pero se hubo de morder la lengua, porque justo entonces se abrió inopinadamente la puerta de la sala para dar paso al nieto rebelde. No llegaba solo, pues le acompañaba un joven empleado de la compañía quien, no encontrando donde sentarse, se apartó, discretamente, de pie en un rincón. Sólo entonces, el patriarca inauguró la sesión.

- Tenemos mucho trabajo y no deseo abusar más de vuestro preciado tiempo. Al contrario que en consejos anteriores, hoy os hablaré como padre o abuelo, y no como el Presidente de esta casa.  

Uno de los nietos irrumpió en aplausos, que se contagiaron por toda la sala hasta apagarse abruptamente delante de la gravedad marmórea del abuelo. Rehecho el silencio, éste prosiguió:

- Lo que voy a compartir hoy con vosotros no se lo he confesado nunca a nadie, y espero que no trascienda de esta sala. En primer lugar, me complace presentaros a Mario, quien no se ha filtrado en este consejo por casualidad, sino invitado directamente por mi. 

Todos se giraron para apreciar mejor al intruso, dedicándole miradas de indiferencia y recelo. El joven bajó la mirada al suelo, muy turbado.

- Por si no lo sabéis - reanudó el abuelo -, Mario trabaja con nosotros desde hace cinco años. Al contrario que vosotros, Mario tuvo que superar muchos obstáculos hasta llegar hoy aquí. Nació en una familia humilde que, sin embargo, se sacrificó para que estudiara, y él no desaprovechó la oportunidad. Con nueve años cayó enfermo, y durante meses los médicos creyeron que nunca volvería a caminar, pero Mario luchó hasta la extenuación para levantarse y avanzar hoy hasta aquí. Mientras vosotros disfrutabais de felices veranos en la mansión de la playa, Mario servía mesas en un bar de la ciudad, o daba clases particulares a otros niños, o cargaba cajas en un supermercado.

Uno de los nietos bostezó, lo que no pasó desapercibido a los ojos del patrón.

- Levántate y cede tu sillón a Mario - le increpó el viejo-.

La tensión se espesó como un embalse a punto de reventar.

- Tal vez te aburran mis palabras - continuó el abuelo, dedicando una mirada severa al azorado nieto -, pero no habrás de soportarlas mucho más tiempo, así que ten paciencia hoy-.

Una pausa, para que el abuelo se aclarara la garganta con un vaso de agua.

- A lo largo de estos cinco últimos años, he observado muy de cerca la trayectoria de Mario, descubriendo en él a un profesional honrado, paciente, prudente y perseverante. 

Mientras tanto, Mario escuchaba atónito los elogios de aquel anciano, a quien no había visto sino en revistas y periódicos. No daba crédito a cuanto sucedía en aquellos instantes, pensando incluso que se estaban burlando de él, un sencillo empleado, apenas un engranaje o una débil tuerca en la gran maquinaria que representaba aquel Titanic. El Presidente leyó el desconcierto en el semblante pudibundo del muchacho.

- Tal vez ignores, Mario, todo cuanto ahora oyes. De seguro tampoco sabrás que yo, personalmente, pagué tus estudios; ni adivinas que yo, también, sufragué tu traslado a la costosa clínica de rehabilitación donde lograste volver a andar; ni que velé en todo momento porque no carecieras de dinero para libros y material durante tus estudios universitarios; ni que yo, consciente de que aprovechabas las oportunidades, instruí para que se te concediera la beca con la que pudiste cursar ese desorbitante máster. Asimismo, desconoces que yo mismo, ordené que se te propusiera una oferta de empleo en esta casa, 

El estupor de Mario se generalizó por toda la sala, entre la familia del abuelo. Sin mediar palabra, cada cuál se preguntaba quién, a parte de un chiquilicuatro cualquiera, podía ser aquel Mario, que tantas atenciones había merecido del patriarca. Mario, a su vez, se disponía a abrir la boca, pero un gesto del viejo le detuvo.

- Finalmente, también ignoras que detentas tanto derecho en esta empresa como el que más de los que estamos congregados en esta sala. Enseguida comprenderás la razón por la que no tienes nada que agradecernos.

Mutismo absoluto en la sala. Nadie se atrevió a moverse.

- Hace muchos años, durante la guerra, me reclutaron como a tantos jóvenes de la época. No importaron mis ideas políticas, que nos las albergaba, sino que podía empuñar un arma contra el bando enemigo. Ninguno sabéis cuánto puede uno llegar a aburrirse en una trinchera, durante horas, días, meses,... de tensa espera. El frío y el hambre nos igualaron a todos y, tal vez por ello, un golfillo de barrio sin oficio ni beneficio como yo, terminó trabando amistad con un joven ingeniero de brillante futuro. Tampoco las balas enemigas seleccionan entre buenos y malos, torpes o genios. Cercenaron el porvenir del mejor amigo que nunca he tenido, que cayó abatido en mis brazos. Unos días antes, compartiendo una botella de vino y unos cigarrillos de picadura, planeábamos abrir juntos un taller cuando concluyera la contienda.

Las nubes cubrieron el sol, el paisaje urbano se oscureció, y tímidas gotas de lluvia comenzaron a salpicar los ventanales de la sala.

- Al regresar a casa busqué sin éxito a la viuda del malogrado compañero, pero nada. Removí Roma con Santiago, para apenas averiguar que la familia del ingeniero había abandonado la ciudad durante la ofensiva. Con la ciudad reducida a una escombrera, pasarían muchos años antes de que los oriundos tornaran a poblar las reconstruidas calles. Supe entonces de aquella mujer, a quien localicé en una de las misérrimas construcciones que habían sobrevivido a los bombardeos. Mientras tanto, durante aquellos años que sucedieron a la conflagración, yo había puesto en obra el sueño de mi añorado camarada de armas, fundando el taller, que ya comenzaba a cosechar los frutos de un esfuerzo contumaz. Nada quedaba entonces del chulo de bario que un día fui. 

La llovizna dio paso a la tormenta, y un fuerte céfiro comenzó a azotar los ventanales.

- No sin mucho insistir, aceptó la viuda mi ayuda, gracias a la cuál pudo mudarse a una casa mejor, aunque sin grandes alardes. Quise también ayudar a su hijo, pero ya era un mozo a quien se le habían agostado los años de estudiar, por lo que convinimos en que fuera su primogénito, Mario, quien se beneficiara de los réditos de la idea que, años atrás, su abuelo me había confiado en una húmeda y putrefacta trinchera. He aquí la razón por la que hoy Mario, que ha heredado el talento y bondad de su abuelo, tomará las riendas de esta compañía. 

Un tremendo trueno rompió tras el anuncio del patriarca. Un enorme revuelo se adueñó de la sala. El pobre Mario se había quedado petrificado, sin saber cómo reaccionar. A su alrededor, todos se confundían en un gran barullo de reproches, vituperios y censuras. Sólo el viejo patriarca se cató del momento en el que su nieto más réprobo estrechaba sonriente la mano del aturdido Mario para felicitarle por su nombramiento, el cuál, reaccionando, tomó la palabra:

- Señor, no merezco tamaña responsabilidad, me falta experiencia... -, mas no pudo continuar, porque el viejo volvió a interrumpirle.

- Ciertamente, joven, que te falta experiencia. Por ello, dispongo que mi hijo mayor trabaje contigo, codo con codo. Su valiosa experiencia te ayudará a tomar las mejores decisiones -. Luego, dirigiéndose a su primogénito, le espetó: A partir de ahora, Mario ha de ser como tu propio hijo ¿me oyes? 

El hijo mayor refunfuñó, pero el anciano dirigente persistió en su arenga.

- Hijo, tu mal carácter te destruirá, a menos que te enmiendes. Espero que esto te sirva de cura de humildad. Mario pondrá el ingenio que esta empresa requiere para afrontar el incierto futuro. Confía en él. Sin embargo, Mario necesita de tu experiencia para capitanear el barco. Mario, confía en mi hijo. La clarividencia de Mario habrá de complementarse con la tenacidad y empuje de mi hijo. 

Desvelado el secreto de la sucesión, algunos se incorporaron para marcharse.

- Aún no hemos terminado- objetó el abuelo.

La tormenta había amainado y el arco iris lucía de un cabo al otro de la ciudad. Todos regresaron a sus asientos.

- Posiblemente ninguno lo sabéis, pero entre vosotros hay uno cuyas cualidades merecen resaltarse. Embarcó hace años hacia al tercer mundo, con una mano delante y otra detrás. Según he sabido, trabajó para una misión de caridad sin pedir nada a cambio. Él, educado en la excelencia como todos vosotros, puso toda su preparación al servicio de los más desfavorecidos, sin reparar en las consecuencias ni en el provecho propio. Me consta, incluso, que llegó a contraer unas fiebres tropicales de las que milagrosamente salió vivo. No por ello se arredró, y al reponerse, perseveró en su trabajo, con mayor entrega aún. Cuando le llamé para que compareciera hoy aquí, no vaciló ni un instante. Aterrizó en la ciudad sin nada, igual que se marchó, pero la sonrisa que nunca se borra de su faz trasciende la dicha que rebosa en su alma. 

Todas las miradas recayeron esta vez sobre el nieto hereje, el "nieto pródigo".

- A la inventiva y sencillez de Mario y al tesón e impulso de mi hijo hay que sumar la humanidad y el altruismo de mi nieto. Porque una empresa que olvida su vocación de servicio a la sociedad, se condena a sí misma. Sólo así, aunando tres carismas tan dispares, me retiro contento y esperanzado en que sabréis continuar la obra que os lego, que a su vez testaréis con sapiencia a generaciones ulteriores. 

Dicho esto, el anciano se levantó con dificultad, y apoyándose en su bastón, se marchó de la sala. A sus espaldas quedó un silencio extraño, en el que todos trataban de asimilar cuanto acaba de acaecer.

Aquella empresa prosiguió la misión encomendada, granjeándose un lugar en el corazón de la vieja ciudad, como símbolo inequívoco de que el poder de una idea, con trabajo y generosidad, cimenta la convivencia, la fraternidad y la solidaridad sobre la cual crece todo nuestro mundo. Y el sol, aquella tarde, volvió a brillar sobre la ciudad.

Un abrazo

domingo, 25 de enero de 2015

De luces y lucientes

Querido amigo:

Cuando era un párvulo, el pequeño Paco se ocultaba detrás de las faldas de su madre cuando pasaba la comparsa de gigantes y cabezudos de su pueblo. Sobre todo temía a los cabezudos, que perseguían a chiquillos y mozos, repartiendo latigazos a diestro y siniestro. No así a los reyes, altos y torpes, que se limitaban a danzar sin propinar varazos a nadie.

Ya de mozalbete, todas aquellas fobias pueriles se fundieron en la fría noche de la infancia, al calor de la descollante razón juvenil. Una vez, finalizada la fiesta, sorprendió a los hombres desprendiéndose de sus cabezudos tras las bardas de un corral. Desde entonces ya sí que no cupo duda alguna, y las consejas de los viejos sobre cabezudos que raptaban a los zagales traviesos para asarlos en el monte, perdieron toda su pavorosa influencia. Ya no había que cuidarse de nada para desatar los poderosos instintos, propios de su edad.

Así pues, tan pronto asomaba la comparsa por las puertas del corral, el joven Paco se arrojaba en medio de la calle para, con risas y mofas, provocar la persecución de los cabezudos; y correr después como un poseso, confiado en dejar atrás a los pobres viejos que los portaban.

Las luces de su  razón siguieron madurando y, hecho ya casi un hombre, dejó de burlarse de los cabezudos, para inspirar con ellos su delicada sensibilidad artística. Aquellos entrañables monigotes de madera y cartón caricaturizaban a alguaciles, caciques, moros, bandoleros, gobernadores y otras tantas terribles potestades que, a caballo de los siglos, habían amedrentado al sufrido pueblo. Pero el siglo XVIII pondría fin a todo despotismo - creía Paco, cuyos cándidos pinceles retrataban el escarnio popular que en ferias y romerías se tributaba a quienes, otrora, disciplinaban cualquier censura o descontento -. Para Paco, los cabezudos encarnaban la máscara con la que los hombres cubren sus complejos y debilidades, disfraz que mueve a la risa de los más humildes en una nueva página del largo libro de la Humanidad, narrada por la razón y alumbrada por el sentido común. Así pues, vivirían como iguales, todos los hombres sin excepción, en dulce paz y armonía.

Enfrascado en tan elevadas ideas, se abandonaba en largos paseos por los plantíos y campos que cercaban su amado Fuendetodos,  Y perdido por recónditas cañadas, impregnaba sus ojos de la viva luz que resplandecía en aquella tierra que le viera nacer.

Iba gozando de una de estas excursiones en cierta ocasión cuando, a cierta distancia y rodeados de un árido secarral, columbró a dos hombres, enterrados hasta las rodillas en el campo, batiéndose a garrotazos. Liquidaban tan brutalmente sus diferencias, solos en espantoso duelo, sin padrinos ni testigos, bajo el sol ardiente,

Cuando Paco los descubrió, ya sus rostros chorreaban bañados en sangre y sudor, y con sus diezmadas fuerzas alzaban los pesados garrotes para asestarse los mandobles finales. La riña culminó con uno de los contendientes desplomado muerto sobre el surco arado en el predio, tiñendo la tierra con la sangre que manaba de las entrañas de su cabeza abierta.

Con horror Paco espió al vencedor, vacilante y exangüe, enterrando al vencido. No hubo crimen, no hubo delito, cuando dos hombres iguales apelaban a los instintos más primitivos para rematar su pleito. Sólo el cielo, el sol, el campo desierto, un perro famélico y quejumbroso, y los ojos del pintor fueron testigos de semejante barbarie.

A buen resguardo se tendió Paco, hundiendo su pecho en la tierra, para evitar ser apercibido por el homicida, que finalizada su faena, regresó malherido al pueblo, mientras al pie de la improvisada fosa, el triste perro alzaba su aullido al viento, llorando al descalabrado amo. Nunca ser vivo manifestó tanta soledad y duelo.

En las pupilas del pintor quedarían imperecederamente grabadas aquellas tétricas y amargas experiencias de la crueldad humana, contrastando con la lealtad del animal. Aquellas imágenes asomarían muchos años más tarde al alma atormentada del pintor, ya anciano y vencido por la ferocidad y encarnizamiento que había presenciado en sus días.

Por el pueblo apenas se comentó la desaparición de un rico labrador, que abandonando esposa, prole, y un perro muerto de hambre, había emigrado a las Américas; aunque las murmuraciones pronto señalaron al otro rico labrador, quien una mañana había aparecido molido y quebrantado por las coces que le había descargado una mula en el campo.

El joven pintor guardó silencio, si bien, por su cuenta, realizó discretas indagaciones. Se desvelaba por comprender qué sacro santa causa había llevado a tal bestial lid a ambos rivales. ¿Una ofensa de honor? ¿Una mujer? ¿La linde de unas tierras? Palideció cuando supo que se habían desafiado sólo por ideas; por creer en dos realidades opuestas; por razonar con justicia dispar cómo regir el pueblo. Agotadas las ideas, brotaron los garrotazos.

En las romerías que siguieron a aquel acontecimiento, el labrador victorioso se enfundó triunfante el cabezudo que satirizaba la figura del cacique, Goya lo contempló recorrer las calles, persiguiendo a la alegre chiquillería, y aquella fiesta de la cultura popular, madurada en la honda tradición secular, tornóse de pronto en un esperpento brutal. "El sueño de la razón produce monstruos", escribiría mucho después.

Imágenes oscuras como la sinrazón que duerme latente en el espíritu de todo hombre, mortificaron la vejez del pintor, que sordo y aislado del mundo, se sinceró con los muros inmaculados de su casa, liberando el alma con sus pinceles, ya que el silencio la había abrasado durante tantos años.

Un abrazo

domingo, 18 de enero de 2015

El premio

Querido amigo:

A la desesperada, un joven aceptó una oferta de trabajo en un país remoto, que ni siquiera hubiera sabido ubicar en el atlas. Llevaba tanto tiempo desempleado, que poco a poco había ido rebajando sus expectativas, acuciado por la ansiedad y las deudas que se le acumulaban.

No cobraría mucho de entrada, pero el contratante le prometía jugosos aumentos al cabo de seis meses. De forma que, aquel 1 de enero se embarcó rumbo a una ciudad ignota en el corazón de un país ignoto.

Ni en sus peores pesadillas hubiera esperado encontrarse lo que se encontró allí. Hubo de conquistar el primer impulso de abordar el próximo vuelo de regreso, recordando a la familia que allí le aguardaba con sus apuros financieros. No podía fallarles en aquellos momentos. Así fue como se halló, de un día para otro, viviendo en un mundo ajeno a todo cuanto hasta entonces había conocido.

Nadie de su familia supo jamás las calamidades que hubo de soportar durante aquellos interminables meses, Nunca supieron que unas fiebres estuvieron a punto de llevárselo por delante, que donde mejor pudo instalarse rebosaba de insectos, que padeció hambre y sed ante la escasez de alimentos que castigaba al país, que a diario había de recorrer largas distancias bajo un tórrido sol hasta su lugar de trabajo, ni que fue testigo de una miseria terrible.

Nunca supieron que que le habían robado varias veces, ni que hasta le secuestraron para liberarle después de haber pagado su propio rescate, No llegó a entender por qué alguien allí anhelaba dinero, pues no importaba cuánto se poseyera, ya que no había qué adquirir con él, ni tan siquiera los productos más básicos.

Por el contrario, tampoco supieron que la bondad de algunas personas de aquel país se volcó con él mientras deliraba sin fuerzas en su catre, que en su trabajo ayudó a muchos nativos a acceder a alimentos y cuidados médicos, que estos le integraron no como a uno más, sino como a un hermano, que las experiencias allí vividas no se le borrarían jamás del alma, ni que allí descubrió el significado del amor por la vida,

Ambos relatos, los buenos y los malos, formaban las dos caras de una misma moneda, y eran indisociables entre sí. De haber contado sólo los bellos recuerdos, hubieran descubierto también los enormes sacrificios a los que se vió forzado.

No, más valía regresar con una sonrisa, reflejo de un alma engrandecida, y retratar un paraíso terrenal de exuberantes paisajes, de pequeños lujos y magníficas aventuras. En su familia recibieron con tanta alegría aquellos relatos fabulosos como el generoso salario recibido.

Al poco de regresar a su patria, al abrir el cajón de su mesilla de noche se deslizó un décimo de lotería de Navidad. Más tarde comprobaría que había sido premiado, pero que habían transcurrido los tres meses de plazo para cobrarlo.

Pensó que, de haberlo descubierto antes, habríase ahorrado aquel viaje a aquel país remoto, desconocido y mísero, que no habría tenido que jugarse la vida; pero que tampoco habría experimentado la grandeza del espíritu humano, ni se hubiera descubierto a sí mismo.

Tampoco refirió a nadie cómo, con una sonrisa verdadera, rasgó en pedazos el décimo caducado, para dedicarse, de ahí en adelante, a vivir la vida.

Un abrazo

El Gordo de Navidad

Querido amigo:

A las 10:24, un grito quebró la concentración de toda la oficina. Pocos levantaron la cabeza por encima de sus pantallas, mientras que la mayoría fingió no haber escuchado nada y se mantuvieron impasibles con la mirada fija y los oídos bien abiertos.

Nuevos rumores, nuevos gritos, abrieron súbito paso a la algarabía. Acababan de cantar el Gordo de Navidad y, el que más o el que menos, llevaba algo del número; el que se había distribuido entre los empleados de la empresa.

A partir de aquel momento estalló la fiesta. Besos y abrazos se prodigaban por doquier, incluso entre quienes hacía años que no se dirigían la palabra. La alegría y la bonanza todo lo perdonaban. Se vivieron instantes de histeria colectiva, de risas y lágrimas, de improvisados coros, una verdadera confusión de teléfonos...; improvisados cálculos, para averiguar cuántas trampas taparía la dotación del premio, así como consejos para cobrar los décimos.

El director salió de su despacho. Enseguida se vio rodeado de la alegría popular. Algunos, incluso, hasta se atrevieron a estrecharle la mano vigorosamente, confianza insólita con el sátrapa cuyo yugo de acero despertaba las más recónditas inquinas.

Sin embargo, el jefe permanecía imperturbablemente serio, mirando con indiferencia y tendiendo la mano floja a quienes le saludaban. Con voz cortante exhortó a su secretaria: "Dígale a Mínguez que venga a mi despacho inmediatamente".

- ¡Mínguez! ¡Mínguez! - se distinguió entre la fiesta. - ¡Mínguez! ¡Mínguez! - todos le buscaban. Habrá salido al aseo un momento, o a llamar por teléfono afuera, en alguna sala más tranquila.

Al cabo de unos minutos, el propio director indagaba personalmente por Mínguez, que parecía haberse desvanecido. Ni siquiera contestaba al teléfono.

- ¡Pero si estaba aquí hace un momento! 

- ¡Dónde! Dónde! - chilló histérico el director.

Pero, a quién le importaba el dichoso Mínguez, ahora que les habían llovido los millones, muchos barruntaban dejar el trabajo y darle una buena patada en el culo a aquel tirano basilisco que les había hecho la vida imposible durante tanto tiempo. Los alaridos del jefe se ahogaron entre la música, los gritos de júbilo y los brindis desenfrenados con champán.

De Mínguez nadie volvió a saber nada. Sobre el respaldo de su silla abandonó su chaqueta. Como si se lo hubiera tragado la tierra, desapareció con el décimo que jugaba a medias con el señor director.

Un abrazo

martes, 6 de enero de 2015

Noche de Reyes

Querido amigo:

Como casi todo escritor, también yo atravesé una larga sequía creativa. La literatura se marchó sin decir adiós, abandonándome como a un perro, tal vez hastiada de tanto esperarme, harta de mi falta de coraje. Cada vez que me sentaba a escribir, sentía un poderoso escrúpulo que me paralizaba. Lejos quedaban aquellos días en los que no temía abordar ninguna historia, por espinosa o delicada que resultase. Pero había perdido aquella inocencia espontánea de juventud tras muchos viajes por el mundo que, cuanto mejor conocía, más secaba mi creatividad.

¿Cómo escribir sobre la guerra, sobre los egoísmos, sobre la explotación, sobre la enfermedad, sobre ... el sufrimiento humano; sin esperanza?

Ayer por la noche, víspera de Reyes, me perdí por la ciudad para buscarla. Ingenuamente pensaba que la hallaría allí donde late la vida nocturna de la ciudad, la vida prohibida que se oculta a las miradas decentes de la mañana y se desnuda sin pudor cuando se pone el sol.

Acabé en una fiesta de cotillón de Reyes, rodeado de baile y alegría. Mientras todos se divertían, yo les observaba desde la barra, timorato y reservado, incapaz de relacionarme, invocando a la imaginación para que me bendijera con una historia que paliara el hueco que la literatura me había dejado en el espíritu. Pero nada, la fantasía se alejaba cada vez más de mi, y entre claros y oscuros, la magia y encanto del cotillón de Reyes devenía en oscura y vulgar bacanal dionisíaca, abriendo paso a los viejos fantasmas de siempre: el miedo y la desesperación.

Nadie reparó en los tres sujetos que mediaron en la fiesta, ataviados con pesados mantos ribeteados de armiño, luciendo luengas barbas, ciñéndose brillantes coronas, como recién llegados del Oriente de nuestra infancia perdida, una infancia en la que toda ilusión era posible.

Tres Reyes Magos de Oriente que se abrieron paso entre la algarabía y se dirigieron a mi, llamándome por mi nombre, para sacarme luego a la calle, donde aguardaba todo un séquito real, con pajes y camellos.

- ¿Se puede saber qué clase de broma es ésta? - espeté agriado, sintiéndome la ridícula víctima del número estrella del cotillón.

Los tres vetustos monarcas montaron en sus camellos y dieron la orden de emprender la marcha. Estupefacto, contemplé desfilar toda la comitiva por delante de mi. Ya me iba a volver de nuevo en la fiesta cuando me caté de que de uno de los muchos regalos que cargaba un caballo colgaba una etiqueta que rezaba: "Literatura". No lo pensé más, y me uní a la caravana.

Por las callejuelas de una barriada de las afueras de Madrid llegamos a un comedor social, en el momento en el que se servía la cena. En torno a largas mesas aguardaba una multitud de hombres y mujeres hambrientos, mezclándose razas, edades, idiomas... todos unidos por la miseria, todos exiliados de la fortuna. Uno de aquellos pobres, privado de juicio, montó en cólera súbitamente y, sin razón alguna, arrojó su sopa al voluntario que se la acababa de servir, bañándole de la cabeza a los pies.

Melchor se acercó a mi lado y me hizo gesto de que prestara atención. Agucé la vista para mi gran sorpresa, al reconocer en el rostro de donde resbalaba la sopa de fideos, al máximo ejecutivo del mayor banco del país, de quien meses atrás yo mismo había escrito un artículo reprochándole la codicia sin límites y la falta de humanidad de su gestión.

- No es posible - musité, casi sin palabras... No acertaba a comprender cómo aquel tipo arribista y rastrero se prestaba a sufrir las humillaciones de los olvidados de la sociedad.

Melchor entró en el comedor y ofreció al banquero un cofrecillo lleno de amarga mirra. Empapado de sopa, el voluntario sonrió, irradiando una felicidad que contrastaba con la tristeza que transmitía cuando aparecía en la prensa o en televisión, una felicidad plena, una felicidad inmaculada.

A su regreso, Melchor se me arrimó y pronunció a mi oído:  Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Continuamos nuestra procesión por las calles y avenidas de la capital, hasta que nos detuvimos en un poblado de chabolas. Baltasar se apeó del camello y me condujo hasta una de ellas, en cuyo interior resonaba el primer llanto de un recién nacido. A un lado, la madre jadeaba envuelta en sudor, agotada por el esfuerzo realizado. Se trataba de una familia de inmigrantes cuya oscura piel delataba una larga y penosa peregrinación desde el África profunda que les vio nacer hasta aquella miserable chabola de los arrabales de Madrid. Hacía meses había escrito un artículo denunciando la mala acogida que estos seres humanos recibían allá donde recalaban.

El rey Baltasar depositó un cofre con oro a los pies del bebé, y luego me susurró: Y tú Belén, de la tierra de Judá, de ningún modo eres la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un Gobernante que apacentará a mi pueblo Israel.

Finalmente, el rey Gaspar encabezó la comitiva y nos guió hasta la imprenta del periódico para el cual escribo. Ya despuntaba la aurora cuando el rey desmontó y se llegó hasta un fajo de periódicos recién impresos, de donde tomó uno para entregármelo, no sin antes sonreírme al evocar: Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Leí el titular, un gran titular como nunca antes se había publicado, un titular para la historia, para la posteridad: PAZ. El artículo iba firmado por.... ¡por mi mismo!

¡No era posible! ¿O sí? Enseguida reconocí mi estilo narrativo, un estilo desenfadado y sin corsés, fresco y literario y, lo más importante, rezumando esperanza.

El dulce aroma del incienso me devolvió a la realidad. La estela perfumada que los Reyes Magos dejaron a su paso hace tan solo unas horas, esta misma mañana. Apenas pude despedirme de ellos, apenas los vi desaparecer alejándose de la ciudad con todo su cortejo.

Envuelto en la esencia de incienso contemplé el amanecer desde aquel barrio pobre de la ciudad. Y si alguna vez los temores se apoderaron de mi espíritu, si alguna vez me tembló la mano al escribir, ya no logré acordarme; pues resurgía la esperanza como un nuevo alba.

Acabo de llegar a casa, y junto al pequeño nacimiento que preside el salón, he encontrado un regalo dirigido a mi, con una etiqueta que reza "Literatura".

Un abrazo

domingo, 23 de noviembre de 2014

La ley de la jungla

Querido amigo:

La selva amaneció inquieta. Los pájaros difundieron la noticia.  Se habían avistado a unos hombres abriéndose camino en la espesura a machetazos.

Los animales huían despavoridos hacia el corazón más impenetrable de la jungla, allí donde la densidad de la vegetación constituía un muro impenetrable.

El cuervo real despertó a Su Majestad el león, que dormía apaciblemente a orillas del río.

- Al parecer, Majestad, algunos hombres de la expedición van armados con machetes y otros con escopetas. El resto, sin embargo, portan redes -, informó el cuervo.

El león frunció el ceño, muy preocupado. Otras veces se habían aventurado los hombres en su reino, y siempre habían dejado desolación y tristeza a su paso.

- ¿Cazadores? -, inquirió con un tremendo rugido.

- Hasta ahora no han disparado ni un solo tiro, Majestad.

El rey ordenó que todos los animales evacuaran la zona por donde se movían los humanos.

- Que los elefantes, las jirafas, los hipopótamos... que todos los animales grandes ayuden a los pequeños a atravesar el río. Hoy se prohíbe cazar. Todos han de salvarse.

Inmediatamente, una bandada de pajarillos emprendió el vuelo para transmitir las órdenes del monarca por todos los rincones de la selva.

- Majestad ¿qué haremos si los hombres llegan al río? -, preguntó el cuervo real.

- Que se preparen los tigres. 

En ese momento aterrizó un loro que había crecido en casa de unos humanos hasta que logró fugarse. Desde entonces servía como intérprete para Su Majestad el león, ya que durante su convivencia con los hombres había aprendido a hablar su lengua.

- Majestad, no hay de que preocuparse. Los hombres sólo están cazando insectos. No son cazadores, son científicos que recogen escarabajos, mosquitos, mariposas... - explicó el loro.

El león profirió un rugido terrible, y acto seguido desapareció entre los árboles.

- ¡Majestad, dónde váis! ¡Es peligroso! - gritó el cuervo real. - ¡Seguidle! - ordenó a las hienas.

Mientras tanto, el león atravesó la selva corriendo con todas sus fuerzas, dejando muy atrás a las hienas que le seguían para escoltarle.

Al llegar donde se encontraban los hombres, irrumpió de un salto magnífico en medio de ellos, y de un solo zarpazo desarmó a varios de ellos. Uno de ellos empuño la escopeta, pero le temblaban tanto las manos del miedo que erró el disparo y apenas rozó a Su Majestad. Al cabo de unos instantes, toda la comitiva había salido huyendo, aterrada.

Fue entonces cuando llegaron el cuervo real y las hienas.

- Majestad ¿estáis herido? 

- No es nada, ahora ayudarme a libertar a los insectos de las redes. 

Entre todos desenredaron a las infelices mariposas y a los escarabajos que habían quedado atrapados por los científicos. Su Majestad los contempló con cariño sobre sus zarpas, antes de impulsarlos para que emprendieran el vuelo. El cuervo contemplaba la escena admirado.

- Pero Majestad... ¿Arriesgar vuestra vida por tan insignificantes criaturas? 

El león le respondió con una mirada feroz.

- !En mi reino nadie es insignificante, cuervo presumido! - replicó Su Majestad. - Tal vez ya no recuerdas que de cachorro estuve a punto de sucumbir de unas terribles fiebres, de no haber sido porque un escarabajo me inoculó su sangre, gracias a la cuál remitió la calentura y logré sobrevivir. Entonces comprendí que la más pequeña de las criaturas de la selva era tan importante como la más grande, y prometí batirme con quien fuera que se atreviera a amenazarlas. 

La zarpa del rey se curó y el cuervo real no olvidaría nunca las sabias palabras de su soberano. Los hombres volverían a la selva, pero siempre saldrían huyendo porque, en aquella selva, todos, desde el más fuerte al más débil, lucharían solidariamente para preservar la armonía, la belleza, el equilibrio y la paz de un ecosistema  lleno de amor y secretos.

Un abrazo


 

domingo, 16 de noviembre de 2014

La crema del café

Querido amigo:

Al poco de mudarme a aquella ciudad recibí una carta en el buzón, mezclada entre facturas varias. ¿Quién habría podido enviarme una carta? Movido por la curiosidad abrí el sobre y leí su contenido. "Querido tal... " - enseguida me di cuenta de que aquella misiva no iba dirigida a mi. Al volver a comprobar el sobre, descubrí que el destinatario era un tal... , cuya dirección coincidía con la de mi apartamento, por lo que deduje que debía tratarse del inquilino que me había precedido en el alquiler.

Admito que pequé de indiscreción, pero la intuición me gritaba que aquella confusión no obedecía a la pura casualidad, y terminé leyendo la carta.

Muchas veces me quedo absorto buscando figuras ocultas en medio de la crema del café, de las gotas de lluvia que se impregnan a un cristal, entre las nubes del cielo... Por ello se dice de mi que tiendo a la ensoñación, que me abstraigo con facilidad, aunque se trata de todo lo contrario, porque me concentro en observar aquello que pasa desapercibido a los ojos de los demás. Se pude decir que busco un enfoque diferente de la misma realidad.

Aquella carta estaba salpicada de ruegos y penurias, sin duda escrita por la desesperación, firmada por la mala fortuna. Un par de cuartillas bastan para desnudar el alma de una persona; de alguien que se arrodilla, confesando haberse dejado arrastrar por la ambición y el egoísmo hasta el punto de rayar la desgracia para toda su familia. Arrepintiéndose, se apelaba a una antigua amistad, implorando se le otorgara la urgente ayuda con la que enderezar el rumbo de su vida. Finalmente, se acompañaba el irrevocable y firme propósito de cambiar y de ponerse al servicio de la empresa.

La humildad y ternura de aquella historia me conmovió profundamente. Sentí el compromiso de actuar sin demora. Compuse el sobre lo mejor que supe, intentando disimular que había sido abierto, y me propuse buscar a su destinatario. Una vecina me facilitó las nuevas señas del anterior inquilino. Al ser nuevo en la ciudad, tomé un taxi para que me condujera hasta allí sin dilación. Para mi sorpresa, el taxi me llevó a un suburbio de calles astrosas y sucias. Paramos delante de un portal algo desvencijado, pero muy limpio. El portero enceraba el suelo con esmero. A decir verdad, llamaba la atención aquella rutilante limpieza en medio de aquel deprimido barrio.

Le pregunté si conocía al señor tal, porque tenía una carta para él. El portero me miró sonriendo. Mi sensibilidad para mirar más allá de las superficies, se encendió de repente, como una llama. Sentí una repentina confianza en aquel hombre, y le conté cómo había llegado hasta mi aquella carta, que la había leído y que el remitente requería ayuda urgente.

El portero, entonces, dejó la fregona y me pidió la carta. Yo soy el tal... - me dijo.

Me disculpé ruborizado por haber violado la privacidad de aquella carta. Azorado, sin saber qué decir, me ofrecí a contribuir a ayudar al apurado remitente. No soy rico, vivo en un barrio más bien humilde de la ciudad, pero comprendí que lo poco que pudiera aportar de mi bolsillo siempre resultaría mucho en medio de la miseria que se apoderaba de aquel suburbio.

El portero me agradeció mi ayuda y me pidió que le acompañara a dar un paseo, que íbamos a hacer una visita a aquel alma atormentada. Abandonamos el suburbio, nos adentramos en el centro de la ciudad y penetramos en la sede de la Caja de Ahorros. Todos los empleados le saludaban con familiaridad. Tomamos un ascensor hata la última planta, y luego el portero pasó sin llamar a un despacho. Para mi mayor asombro, en la puerta había un letrero que rezaba "Presidente".

Cuanto ocurrió después me afirmó en la intuición de que nada parece lo que es, pues aquel Presidente no había arruinado ni a su familia ni a su Caja de Ahorros, sino que su dolor y lamento nacían de otras causas. Como el rostro que se vislumbra en la caprichosa forma de la crema de un café, la debilidad humana emergía entre los caprichosos brillos del dinero. Pocas palabras bastaron, y al caer la tarde, los tres nos empleábamos a fondo limpiando la escalera del desvencijado portal de aquel miserable suburbio de la ciudad. Como las ovejas que se esconden entre las nubes del cielo, brilló la riqueza de espíritu escondida en un miserable suburbio de la ciudad.

Un abrazo

lunes, 10 de noviembre de 2014

San Maraca

Querido amigo:

Esta mañana no nos despertamos con su fresco hocico acariciándonos las mejillas con dulzura. Se me hizo extraña su ausencia, después de tantos años. Luego, el niño nos preguntó dónde se había metido Maraca. Y no supimos que contestar.

Nuestro hijo apenas ha cumplido cuatro años, y tememos que pueda traumatizarle la verdad. Llevo todo el día cavilando una respuesta convincente. Pienso y pienso, y mis reflexiones se mezclan con el recuerdo aún caliente de nuestro perro Maraca.

Mi mujer trajo a Maraca en el momento más difícil de nuestro matrimonio. No llevábamos más de un año casados y los continuos roces de la recién inaugurada convivencia amenazaban con dar al traste con todo. Tal vez nos habíamos atado el uno al otro aún demasiado jóvenes. Y de repente, el día en que mi depresión tocaba fondo, se presentó ella con un cachorro.

Aquella indefensa y tierna criatura obró entonces su primer milagro. Saltó de la cesta en donde había venido y, torpemente, con los ojos cerrados aún, se arrimó a mis pies y se acurrucó. Aquella escena sigue aún viva en mi recuerdo. Su paso vacilante, tropezando consigo mismo, nos sugirió el nombre de Maraca. Tal vez aquel nombre, que acordamos juntos después de muchas otras divertidas tentativas, dio comienzo a una nueva vida conyugal. Por primera vez en mucho tiempo nos reíamos juntos, y por primera vez en mucho tiempo nos poníamos de acuerdo en algo.

Vienen a mi memoria los biberones que le dábamos hasta que pudo comer su pienso; los cataclismos que armábamos cuando nos encontrábamos sus cacas y sus pises en los lugares más inesperados de la casa, hasta que aprendió a esperarse al paseo... Y por la calle, todo cuanto hacía nos provocaba la risa. Maraca jugaba con todo niño que se cruzara en nuestro camino. En poco tiempo se convirtió en el cachorrico más popular del barrio. Gracias a Maraca, salimos de nuestra burbuja y conocimos a nuestros vecinos. Al poco tiempo, de coincidir en el parque, terminamos por trabar amistad.

¡Qué vitalidad! Maraca parecía no fatigarse nunca. Todavía me cuesta comprender cómo un perro tan chiquito podía tirar de mi con tal fuerza. Era la vida que se abría camino a empellones.

Han transcurrido cerca de quince años desde entonces, y cuánto ha cambiado mi vida desde que Maraca llegó a ella. Tanto amor recibido de una criatura, con tanta generosidad, sin pedir nada a cambio... parecía casi increíble. Pero ahí estaba, era real el sentido que Maraca tenía para intuir si nos encontrábamos alegres o tristes. Junto a él los tragos amargos pasaban mejor, pues se acercaba despacico, humilde, sencillo, buscándonos poco a poco con el morro, con la patica, hasta que le mirábamos y nos hallábamos ante su mirada clara, luminosa, que parecía decirnos que la pena carecía de todo fundamento... Y se obraba el milagro... porque siempre logró despertarnos una sonrisa.

Bajar a pasear a Maraca o, mejor dicho, cuando Maraca nos bajaba a pasear... Bajo la luna llena en verano, bajo la lluvia en otoño, en medio del frío cortante del invierno, en medio de las fragancias primaverales. Con su alegría Maraca sembraba la magia en el melancólico arrabal obrero donde vivimos. Con él corriendo, olisqueando, trayéndonos palitos con la boca ¡qué más se le podía pedir a la vida!

Había algo más... Superados los tortuosos inicios, nuestro matrimonio había hallado la armonía, gracias en gran medida al amor catalizador de nuestro Maraca, que fue el reactivo para que nuestras almas se liberaran de todo lastre y se dedicaran a aquello para lo que estaban predestinadas, a amarse. Fruto de ese amor, hace algo menos de cuatro años nació nuestro hijo.

Maraca se volvió loco de alegría. A veces creo que mi perro sentía como una persona más. Pero no,.. Maraca no nos defraudó nunca.

El bebé creció fascinado con Maraca, y cuando supo gatear ya se tiraba encima del perrico, cuya paciencia casi paternal, desbordaba bondad sin límites. Mi hijo encontró en Maraca a su mejor amigo, a su mejor compañero de juegos. Y ahora que Maraca nos ha dejado...

Hijo, Maraca se ha ido... al cielo de los perros. Se ha ido porque se le acabó la vida aquí con nosotros. Ahora jugará con los ángelicos. Se ha ido porque nos quería mucho y porque nosotros le queríamos mucho; y porque si todo lo que empieza no terminara alguna vez, entonces no tendría sentido quererse tanto.

El niño me miró con tristeza. No sabía si había comprendido el misterio del amor, el misterio de la vida. Supe que sí cuando debajo de la cama descubrió el muñeco con el que jugueteaba Maraca, y abrazándolo con una sonrisa, corrió a mi torpemente para darme un beso. Supongo que este es el último milagro del perro santo, de nuestro querido y siempre presente San Maraca.

Un abrazo

sábado, 8 de noviembre de 2014

Gracias

Querido amigo:

En esta tierra nuestra nada es lo que parece, todo es ficción. Ahora comprendo a aquel pintor cuyos cuadros mostraban relojes fláccidos como huevos fritos. En sus lienzos nada aparentaba lo que en realidad era. Por ello, hemos de aprender a mirar, hemos de aprender a escuchar.

He aquí mis campos. ellos nos han alimentado durante generaciones. Todavía iba a la escuela cuando empecé a trabajarlos y a regarlos con mi sudor. Sin embargo, la primera vez que una helada, un pedrisco o una sequía arruinaron la anhelada cosecha, aprendí que en esta tierra nunca hay que dar nada por cierto. Ese día me hice hombre, cuando tal pensamiento surgió de mi desolación, con las manos llenas de espigas echadas a perder.

A partir de entonces me dediqué con todas mis fuerzas al estudio, porque profundizando en los secretos del mundo no volvería a arrodillarme ante un campo arrasado. !Cuánto tenía que aprender aún!

Hube de salir al mundo, dejando atrás la tierra. Quería encontrar la forma de sacarle más, de hacerla rendir como nunca. Sin saber cómo, pedía a la tierra más de lo que necesitaba, porque me había abandonado a la desesperanza y mi fe en que las cosechas prosperaran se tambaleaba. Quería que produjera para llenar mis almacenes y vivir tranquilo. Vivir tranquilo...

Con tales ortigas germinando en mi joven corazón, la ciudad pronto se adueñó de mi con sus tentaciones. Por eso, porque emprendí mi camino torcido, el esplendor, el afán de reconocimiento, el arte de las apariencias pronto me hicieron olvidar a mi amada tierra. La ciudad prometía esa vida tranquila... Una promesa que nunca se cumplió, porque me dejé embaucar por una ilusión.

El desarraigo se parece a un globo errante, que vuela de un lugar a otro a merced del viento. Mi globo terminó cayendo en un lodazal. De nuevo me veía derrotado, triste, cubierto de un lodo de ciudad que, por ser más sofisticado, hiere más el corazón que un puñado de espigas destrozadas por una tormenta de granizo.

Y regresé a mi lugar, trayendo maquinaria y abonos milagrosos, mirando por encima del hombro a quienes me rodeaban, convencido de que mis cosechas harían historia. Pero no, tanto progreso apenas mejoró la calidad de mi esfuerzo, porque la tierra es dura e impone sus condiciones propias, su ritmo. En vano se la puede forzar, la tierra humilde termina por curarte de toda soberbia, de toda avaricia.

Toda mi vida he bregado contra la Naturaleza. La tierra me ha dado de comer, pero siempre cobrándose un alto precio.

Hoy que la vejez  ya merma mis fuerzas, veo que nunca me derrotará, pero que tampoco yo la venceré. No se me pasa por la cabeza, hoy más que nunca me apego y amo mi tierra. Hoy siento con mayor intensidad que nunca el gran poder de la oración. He recorrido un largo camino para llegar a esta verdad.

Hoy como jamás antes, me admiro contemplando el crecimiento de las espigas, me emociono con los colores que mudan de un día para otro. Hoy como nunca, puedo pasarme horas con un puñado de tierra entre las manos, gozando de su aroma, de su consistencia, meditando en toda la vida que encierra cada granico: tierra que desde lejanos tiempos vio pasar culturas, civilizaciones; campo de trigo, campo de batalla, predio yermo, predio latente, predio de sangre, predio de pan.

Hoya que columbro que muy pronto yo mismo formaré parte de la tierra, doy gracias con toda el alma, con todo el corazón y con todas mis fuerzas. Todo hombre debe recorrer su propio camino. Gracias por enseñarme a mirar, por enseñarme a escuchar, por enseñarme a amar.

Un abrazo

sábado, 4 de octubre de 2014

El Ángel Caído

Querido amigo:

Una soleada mañana dominical iban paseando por el parque del Retiro un señor y su nietecico. Al llegar a la plaza del Ángel Caído, el pequeño reparó en la estatua que la preside. Su abuelo le explicó que aquel ángel negro representaba al demonio, expulsado del cielo por sus maldades.

Desde entonces, cada vez que pasaban por aquel lugar, crecía en el corazón del muchacho la aversión hacia aquel ángel del mal, aversión tanto más aguda como la satisfacción por la ejemplaridad del castigo.

Pasaron muchos años, y el niño se convirtió en hombre. Ya no iba al Retiro de la mano de su abuelo, sino que empujaba la silla de ruedas de éste. El abuelo iba muy contento, contemplando la vida que revoloteaba a su alrededor. En un momento dado, se dio cuenta de que su nieto alteraba la ruta cotidiana.

El joven confesó que la plaza del Ángel Caído le inspiraba repulsión y que prefería evitar pasear por ella. Sin embargo, su abuelo insistió en que rectificara la ruta y que se dirigiera hacia la susodicha plaza. Por no contrariarle, el nieto obedeció en silencio.

Una vez delante del monumento, el abuelo le instó a detenerse allí unos minutos. El joven intentó desviar la mirada hacia los jardines que rodeaban a la plaza, procurando no fijarse en el desgraciado ángel oscuro, cuya mera cercanía le causaba gran desasosiego. Pasado un rato, cayó en la cuenta de que su abuelo le miraba fijamente, y que durante todo aquel tiempo no había dejado de espiar su extraña reacción.

Al final, el anciano le rogó que dirigiera los ojos hacia la estatua. El joven lo intentó, pero apenas aguantó un par de segundos, antes de agachar la vista hacia el suelo. Su abuelo, entonces, le habló con cierta severidad. Le habló del bien, pero le habló también del mal.

¿Te repugna la visión del mal? Y sin embargo, mira a tu alrededor, mírate a ti mismo. ¿No ves ángeles caídos por todas partes? Cuando se juzga al prójimo sin compasión, brota el fanatismo, brota el mal,... y sin darse cuenta, se tropieza y se cae. Todos tropezamos en esta vida, hijo mío, y sólo nos reincorporamos gracias al apoyo del amor compasivo de aquellos a quienes hemos causado daño. Miras con rencor a la estatua del demonio, con la arrogancia de quien cree poseer la superioridad moral de juzgar, pero al juzgarle no te percatas de que tus alas ya no te sostienen, y de que te precipitas como él hacia un vacío, hacia la nada... De que, en el fondo, te da miedo mirarle porque él encarna un reflejo de ti mismo. Dios le expulsó de los cielos porque él osó desafiarle y usurpar su lugar, y tú te atreves a juzgarle como si te atribuyeras potestad divina para ello, pecando como él, al querer ocupar el lugar de Dios. Ahora, llena de amor tu corazón y contempla el sufrimiento de su rostro, y despierta en ti la compasión hacia el caído, y ayúdale a levantarse. 

En aquel momento, una chica que patinaba a su alrededor perdió el equilibrio y vino a caer a los pies del nieto, que enseguida se apresuró a levantarla del duro asfalto. Al mirarla, le pareció un ángel.

Pasó el tiempo, muchos años. Ya muy anciano, el nieto recordaba las palabras de su abuelo al pasear bajo el monumento del Ángel Caído. Nunca más desde aquel día había vuelto a sentir aquella angustia, aquel temor al acercarse a aquel lugar, porque desde aquel día no había dejado de protegerle con su amor un ángel que, con patines y no con alas, acertó a caer del cielo junto a él.

Un abrazo

domingo, 21 de septiembre de 2014

El baile

Querido amigo:

El padre se marchó de la alcoba dando un portazo desdeñoso, y aquel golpe seco dio paso a un ritmo en su imaginación. Un ritmo penetrante y cada vez más y más vertiginoso, que brotó del fondo de su espíritu y se contagió a todos los miembros de su cuerpo. Al cabo de unos segundos se encontró a sí misma bailando, poseída de un instinto de libertad que sobrevivía a la tremenda bronca que acababa de recibir.

Todo porque la habían sorprendido en la verbena, bailando con un chico ¡un sacrilegio! Desde la celda en que habíase convertido la alcoba, el rostro bañado en lágrimas, bailaba poseída por los recuerdos...

La orquesta que tocaba un alegre pasodoble, y el pueblo entero que se lanzó a la plaza... Y ella sentadica en una silla, hasta que un ángel se le apareció entre el barullo de parejas... Sonriente, la tomó de la mano y la sacó a la pista...

Ahora gira y gira sola en la alcoba, sedienta de paz... Gira y gira hasta el éxtasis, rodeada de silencio y tinieblas.

En su memoria giraban y giraban juntos, como si aquel pasodoble hubiera desencadenado un furioso huracán. En un momento dado, creyó que todo el pueblo había desaparecido, abandonándola con su ángel bailarín, juntos los dos en medio de carrusel de luces y júbilo que, sin duda alguna habría de tratarse del cielo. En ellos todo: caderas, pies y brazos; entregados al capricho de la música. Y ya dejó de arrastrarles el cuatro por cuatro del pasodoble, ni mucho menos, sino que éste se mudó en una melodía frenética y maravillosa, tan fuerte como la juventud, tan poderosa como el alma.

Todo eso se había esfumado, como una veleidad ilusoria. Agotada, se detuvo de golpe y cayó a plomo sobre la cama, jadeando. A pesar del silencio, sentía las sienes como el choque de un yunque y un martillo. Desde el salón llegaba la conversación de los padres. Ellos velaban por ella, porque la gente era mala y el pueblo murmuraba... Y si no quería aprender por las buenas, habría de ser por las malas. Y que no se le ocurriera salir de la alcoba... Que medite...

¡Pecadora! ¡Pecadora!

La mano de hierro de su padre había irrumpido iracunda en pleno baile, sacándola de entre la multitud con furia. Sintió que todo aquel huracán se estrellaba contra un muro, que su ángel desaparecía tal y como se le había aparecido, y que el cansino ritmo del pasodoble volvía a rodearla, como una hiedra a una odalisca petrificada.

En medio de su cautiverio, el corazón debatía con la razón. No comprenderán los límites del bien y del mal. No habrá piedad con la que ose probar un aire de libertad. ¡A la celda por hereje! Y en la celda, la libertad le provoca fiebre, porque la libertad es un virus que no se extirpa con una regañina, sino que se adueña inefable de la infeliz paciente, enferma ya para siempre.

Y llevada de tal fiebre, se incorporó de la cama y tornó a bailar en la oscuridad de la alcoba, porque el ritmo no la dejaba ni la traicionaría. Ritmo divino, soplo de amor, bendición ardiente.

Paz.

Un abrazo


domingo, 27 de julio de 2014

El fabricante de juguetes

Querido amigo:

Hiciera frío o calor, cada alborada del año madrugaba el viejo marino para saludar el primero al sol y a la mar desde el espigón del puerto. Vivía en los barrios altos del pueblo, adonde los grandes edificios de hoteles y apartamentos habían ido arrinconando a los marinos y pescadores pobres de la otrora aldea de mar, hogaño paraíso turístico.

Sobreviviendo a duras penas con una precaria pensión, no mayores lujos se concedía el viejo marino que rememorar con el rumor de las olas y el salitre de la brisa la larga vida consagrada a la mar. Sentado en el puerto se le pasaban las horas, hasta que al mediodía reemprendía el regreso por las empinadas y estrechas callejuelas del casco viejo.

Así todos los días, iba y venía, nostálgico y soñador. No había monotonía en su vida, lejos de lo que pueda parecer, pues historias sin fin narran la mar y el cielo para cuantos han vivido su gramática durante tantos años. Consistía ésta en un diccionario azul intenso, escrito durante oscuras noches estrelladas, a merced de fragorosas tempestades; un léxico que sólo entendían quienes se habían empapado de océano, quienes se habían atragantado de agua salada hasta casi olvidarse de respirar, pobres huérfanos sin más madre adoptiva que una sirena de largos cabellos de oro y plata, cuya voz jamás deja de oírse, cuya estela de nombres no tiene fin.

Aquella mañana, el viejo atisbó un bote arribando al espigón. Un rostro familiar bogaba con calma, el del fabricante de juguetes que, al acercarse lo bastante, tendió un regalo para el viejo marino. Luego, sin mediar más que una sonrisa, el bote se alejó hasta difuminarse en la bruma matutina. El viejo marino quedóse inmóvil, con una hermosa caracola en la mano.

El viento sopló como la primera vez que el fabricante de juguetes se cruzó en su vida, aunque entonces apenas contaba con edad suficiente como para jugar en el patio de la casa de sus padres. Se distraía contemplando como el viento mecía las sábanas en el tendedero del balcón, cuando un rayo de sol traicionero acertó a colarse entre los blancos pliegues, cegándole momentáneamente. Al abrir los ojos, delante suyo apareció el fabricante de juguetes, que le alargó un diminuto barquico de corcho con velamen de papel.

Pasarían muchos años desde entonces, cuando el ya joven marino tornó a encontrarse con el fabricante de juguetes. Una sonrisa imborrable entre los recuerdos de la infancia brilló de nuevo en una oscura taberna de un puerto remoto, donde el ron y la música calmaban la soledad de los marinos que iban de paso. El fabricante de juguetes parecía muy concentrado, trabajando en algo, mientras una taza de café le acompañaba en un rincón apartado de la taberna. Una ráfaga de viento golpeó la puerta con estruendo. Una vez repuesto del sobresalto, el joven marino buscó su vaso en la mesa, pero tropezó con la mano del fabricante de juguetes, que le ofrecía una muñeca dulcemente tallada en un pedazo de madera, con cabellos de estropajo.

Al igual que el barquico de corcho que le regalara en su niñez había presagiado una vida dedicada a la mar, la muñeca anunciaba a la novia que pronto había de llegar, para casarse poco tiempo después. Así, la muñeca de madera pronto tendría un hermoso nombre y un  bello rostro moreno al que evocar y soñar en las largas veladas de ron y café de las tabernas de paso de todo puerto por donde su barco acertara a atracar.

Fugaces recuerdos del ayer que había despertado la enigmática e inesperada visita del fabricante de juguetes.

Al llegar a la casa del barrio alto, su nietecico saltó a sus brazos. Aquel día había dado sus primeros pasicos solo, y de ahí en adelante requeriría la atenta y cariñosa vigilancia de su abuelo para aprender a ser un marino noble, valiente y bueno. Ya no podrá bajar al puerto el viejo marino como todas las mañanas, pero si asoma la oreja a la caracola del fabricante de juguetes, escucha las olas y sus historias de mar, siente el aroma y la caricia de la brisa.

Mientras tanto, el fabricante de juguetes sigue recorriendo el mundo adivinando los más íntimos deseos de niños y mayores. Es el viajero que duerme en un tren, que se acurruca en un portal, que apura un café en la silenciosa madrugada de un bar de estación. El fabricante de juguetes viaja de aquí para allá desde tiempos inmemoriales, tanto que ya no sabe de dónde partió y hacia dónde se dirige. No tiene más hogar que el recuerdo vivo de aquellos que por azar se cruzaron con su destino, como ese viejo marino cuya vida se describió jugando con las olas y el viento.

Un abrazo

sábado, 21 de junio de 2014

El inquisidor

Querido amigo:

El ministro del Santo Oficio se retiró a descansar a su celda, tras una extenuante jornada de interrogatorios. El silencio reinaba en el convento, mas el fraile no logró conciliar el sueño, pues le atormentaban todavía los rostros de los presuntos herejes, el espanto de sus ojos, el temblor de sus voces, el pánico que les doblaba las piernas. Y su voz atronando en la sala, inquiriendo la verdad que ocultaban aquellos infelices corazones, acorralando al maligno que amenazaba la espiritualidad de toda la ciudad.

El fraile se mantenía firme delante de los ruegos y lágrimas de los acusados, ardides de Satanás para ablandar su fe e inducirle al pecado ¡a la herejía! Nadie burlaba al Santo Oficio, tarde o temprano los herejes se derrumbaban ante la visión del verdugo, y declaraban todas sus inicuas obras.

Al cabo de unas horas en duermevela, el fraile se incorporó de la tabla que hacía de cama, y encendió una vela. El resplandor proyectó su sombra por la pequeña celda, hasta iluminar el crucifijo que pendía del frío muro de piedra. Ante el mismo se arrodilló el insobornable fraile, encadenando un padrenuestro con otro. Aunque no rezaba con el corazón, pues sus labios recitaban la oración, pero su mente divagaba libre como un ave del campo.

Entonces, la imagen del Cristo se oscureció, deteniendo la inútil oración. La llama no se había apagado, pero su luz no alcanzaba al crucifijo. Extrañado, giró en torno a sí, y descubrió con horror que su sombra se había incorporado, se dirigía a la puerta de la celda y desaparecía por ella. Enfervorecido, corrió detrás de su sombra. Al abrir la puerta de la celda, ésta ya se deslizaba por el claustro, y salía a las oscuras calles de la ciudad.

Apretó el paso, tratando de no despertar a todo el convento, pues hubiera resultado difícil justificar su salida a aquellas horas de la madrugada. No faltarían quienes sugirieran que se había rendido al diabólico influjo de sus reos, y que participaba con ellos en terribles aquelarres a la clara luz de la luna. Y el simple recuerdo de las llamas de la hoguera devorando al hereje, el pensamiento de los alaridos que otras veces ni siquiera le habían inmutado, cobraban ahora una dimensión espantosa.

Se encontraba justo en el umbral de la puerta del convento, cuando tropezó de bruces contra una imagen de Cristo, que le miraba con gravedad... El inquisidor cayó al empedrado, el corazón parecía que se le iba a escapar del pecho. ¿Quién habría situado allí aquella imagen? Y le invadió la vergüenza, una  vergüenza tan profunda como si se hallara desnudo.

Preso del pánico saltó a las calles de la ciudad, al tiempo para divisar a su sombra desaparecer por el callejón que conducía a la antigua judería. La siguió sin alcanzarla hasta una casa, cuyas puertas se encontraban abiertas. Adentró no halló una misa negra, ni la profanación del pan y del vino, ni sacrificios de niños, ni conjuras al demonio, ni fornicaciones, ni los evangelios ardiendo en la chimenea... Sólo a una familia que lloraba porque él, el inquisidor, había ordenado el arresto del padre, acusándole de herejía.

Pero su sombra todavía no había concluido el Juicio. Aquella noche, la perseguiría de casa en casa, desde ricos palacios a míseros cobertizos, no había rincón en toda la ciudad donde no se lamentara el santo celo del Santo Oficio en su cruzada contra el mal. Ni ricos ni pobres, todos vivían amedrentados por la Inquisición y sus Autos de Fe. No había ni una sola familia en toda la ciudad que no tuviera a algún pariente en las cárceles del convento.

La sombra regresó a la celda, y el fraile tras ella. Ya no se encontraba la imagen de Cristo en la entrada. Reinaba el silencio. Amanecía.

El fraile creyó perder la cordura, tan fuertemente aprisionaba la vergüenza su corazón. Con ambas manos, aferró con fuerza el cordón de sus hábitos y se lo enrolló al cuello. Como dotadas de vida propia, sus manos tensaron el cordón con virulencia, y a medida que el oxígeno no acertaba a filtrarse por su garganta, sentía el alivio en su alma.

Morado como un manto de Semana Santa, en el último hilo de vida, el inquisidor reconoció el crucifijo de su celda, adonde había retornado la claridad de la vela, y sus manos cesaron de estrangularle. De rodillas, recobró el resuello, y levantando la mirada al Cristo, oró con todo su espíritu.

Unas horas más tarde, antes de que se reanudaran los juicios, descendió a las mazmorras y ordenó abrir los grilletes y liberar a todos los reos. Tanto le temían los carceleros que obedecieron sus extraños mandatos sin rechistar. Los torturados apenas si podían sostenerse unos a otros, y abrazados salieron a la claridad y frescura de la mañana. Volvieron a sus casas, y reemprendieron sus vidas.

En cuanto al fraile inquisidor, prendió fuego a todos los pliegos del archivo, donde se registraban las declaraciones extraídas con hierro y sangre. En pocos minutos, el convento entero ardía como una tea, y con él todos los inquisidores.

Se cuenta que algún viajero reconoció al fraile tiempo después, mendigando en medio de un bosque, vestido de harapos, lleno su cuerpo de yagas. Sin embargo, de primeras no le reconocieron, pues aquel mendigo mostraba un rostro beatífico, como un ángel, muy distinto de aquella mirada terrible que antaño condenaba sin piedad a todo sospechoso de vivir la vida a su manera.

Un abrazo

domingo, 8 de junio de 2014

Edificio en ruinas

Querido amigo:

Hay en el centro de la ciudad un viejo edificio que amenaza ruina desde hace muchos años. Se construyó hace ya más de un siglo, pero la ciudad evoluciona con los tiempos, y por ello el consistorio ha desestimado su restauración y ha ordenado su derribo. Los últimos habitantes -ya muy longevos- abandonaron el inmueble cabizbajos y llorosos, pues alguno de ellos había nacido entre sus paredes.

Tan pronto conocí la noticia, me preparé para una nueva exploración, antes de que la piqueta se lo llevara todo por delante. Aquella misma madrugada, me dejé caer por el barrio y aprovechando un momento en que nadie pasaba, forcé la puerta principal y me adentré en la oscuridad...

Soy un cazador de sentimientos, por si no os habéis dado cuenta. Pocos lo saben, pocos pueden sentirlo, pero doquiera una persona haya experimentado un sentimiento puro, prístino, intenso y casi ajeno a toda consciencia, queda una huella eterna. Así pues, las calles, las casas, las plazas y los lugares históricos de toda ciudad revelan un sinnúmero de sentimientos. Por ello, recorriendo la ciudad me asaltan estremecimientos repentinos allí donde haya surgido lo que yo denomino como "un ángel".

Por breves instantes, revivo aquello que sintió alguien en algún momento... Si bien me resulta imposible averiguar a quien pertenecieron los sentimientos. Sentimientos de amor profundo, de terror, de pena... salpican casi cada rincón de la ciudad. Sentimientos de odio, de muerte... en una ciudad golpeada varias veces por el espectro de la guerra. Sin embargo, los edificios antiguos concentran años y años de sentimientos desbordados.

Al adentrarme pude escuchar el llanto, el primer llanto de un recién nacido... Subí enseguida al segundo piso, y en el dormitorio principal las paredes aún rezumaban el sudor y los gritos contenidos de la parturienta. En las paredes ahora desnudas se destaca el claro donde en tiempos colgó un crucifijo. Y he escuchado la pasión de un pianista interpretando a Chopin, y en la escalera el primer beso de dos jóvenes... Y en casi todas las plantas del edificio se lloraron a los difuntos, y hasta me invadió el pánico cuando escuché un gran estruendo, como el de la bomba que cayó en el solar de atrás, y los gritos y los llantos que la siguieron...

Y qué decir de las paredes, donde se acumulan una sobre otra todas las capas de pintura de los distintos inquilinos, con sus secretos...

Todo esto desaparecerá con la piqueta, pero hay algo que no nos abandonará jamás, algo que los inquilinos del nuevo edificio que se levante en este solar ignoran... la vida y muerte de aquellos que les antecedieron en este lugar...

Un abrazo

domingo, 25 de mayo de 2014

Un héroe popular

Querido amigo:

La conservadora prensa victoriana ensalzó aquel suceso en sus titulares, y durante semanas no hubo mentidero, tertulia ni círculo social en Londres donde se discutiera de otra cosa.

La aristocracia y alta burguesía británicas temían que el populacho se contagiara de los vientos revolucionarios que soplaban desde la Europa continental, por lo que no pasaron de ensalzar los valores patrios cuando un humilde marinero llamado John Harper se había ahogado en el Támesis, dejando viuda y chiquillo, por salvar la vida de un pasajero que había caído por la borda.  Ante la degradación moral que como una hidra se extendía por la gran masa que se hacinaba en la miseria, los periódicos contraponían el heroico modelo del desventurado John Harper.

La policía recuperó los restos irreconocibles del pobre marinero, sobre los cuáles había de rendirse un sentido homenaje patriótico. Por fin, el pueblo ya contaba con un héroe, muy distinto de aquellos que hasta entonces acaparaban las portadas de los periódicos por sus hazañas bélicas o por sus grandes gestas científicas en los remotos confines del Imperio.

El inspector Trulock se ocupó de la investigación, pese a que sus superiores le habían instruido para que dejara pasar los detalles. Sin embargo, había desaparecido un hombre al fin y al cabo..., por lo que Trulock se impuso interrogar, al menos, al pasajero rescatado por Harper. Para su sorpresa, éste se había esfumado y, extrañamente, nadie en la tripulación recordaba nada ni supo darle cuenta del mismo.

Al adentrarse en las bodegas del barco, la peste a alcohol le sobrecogió, y sobre unos sacos halló a un marinero que dormía la mona, al que sacudió violentamente hasta que logró que se medio despabilara.

Por él supo que a menudo se organizaban timbas donde se cruzaban fuertes apuestas, y que la noche del accidente un pasajero de gran condición, un caballero, había perdido hasta las cejas jugando a los dados con el pobre John...; y que John... tiró al río... a aquel caballero... porque no le quería pagar -llegado a este punto, el marinero empezó a reír a carcajadas-,  ... pero al ver que se ahogaba... con su dinero... trató de salvarlo... Y ya no pudo seguir hablando, pese a las bofetadas que le dió el inspector para que no se durmiera de nuevo.

Al día siguiente se celebraron los funerales por la memoria del héroe popular John Harper, reuniendo tanto a miembros de la Corona, y demás aristócratas, como a un sinnúmero de harapientos de caras sucias, que plañían inconsolablemente.

Al abandonar el cementerio, el inspector Trulock se acercó a la viuda para darle el pésame. No tuvo valor para confesar que su marido había desaparecido después de haber asesinado a un caballero en el Támesis y robarle todo lo que llevaba encima. No tuvo valor para confesarle que acababa de enterrar a un desconocido, víctima de la depravación de su marido. Se despidió de ella, dejándola en la creencia de que era la viuda de un gran héroe.

En cuanto al misterioso pasajero, los superiores ordenaron que se clasificara como secreto, pues no debía de cundir el escándalo de un lord que se mezclaba con las clases bajas. Ya llegaría el día en que le echaran el guante a Harper, y ese día nadie preguntaría por un difunto, un tipo que ya no existía para la ley, un nadie que, con suerte, aún no habría tenido tiempo de gastar toda la fortuna robada.

Un abrazo

domingo, 11 de mayo de 2014

La soledad del artista

Querido amigo:

Vivía apasionado por su trabajo. Se levantaba y se acostaba imaginando nuevos diseños, nuevos materiales, nuevos colores. Y no le faltaba el trabajo, porque hay seres humanos que llevan la coquetería hasta sus últimas consecuencias. Así pues, le llovían los encargos. Artistas y celebridades se ponían en sus manos. Hombres y mujeres elegidos por el talento, señalados por las musas, bendecidos con la fama... que para él no significaban sino simples mortales que se resistían al olvido eterno, que soñaban con la inmortalidad.

Él dibujaba los bosquejos, inspirándose en la psicología, obras y circunstancias y gustos del cliente. Luego se encerraba en su taller estudio, acariciaba los materiales, mezclaba las pinturas, moldeaba las formas, cosía los remates, lijaba los bordes... y en cada tarea se concentraba en cuerpo y alma, consciente de que su entendimiento, su genio y sus manos ya no le pertenecían, sino que se poseían del halo divino, tornándose en instrumentos del gran Creador.

Al cabo de unas horas de dicha absoluta, salía del taller estudio con la obra concluida. Extenuado, contemplaba como se la llevaban a su cliente, y se despedía de ella para siempre. El último adiós del artista con su obra. Después, la soledad y el silencio le sumían en una taciturnidad insoportable. Al fin y al cabo, la fama y los elogios siempre recaían en sus clientes, mientras que muy pocos reconocían su talento, ni siquiera le consideraban un artista, sino un artesano.

Para huir de aquella tristeza que le embargaba, salía en busca de su media naranja. Un joven atractivo, sobre quien ningunos ojos de mujer pasaban indiferentes. Allá donde entraba, en una galería de arte, en un museo, en un teatro, en un pub, sentía el acoso del deseo, la impaciencia de la lujuria en aquella que le sonreía insinuante desde la butaca de al lado, en la que se le acercaba a comentar una escultura o un cuadro, en la que se le arrimaba provocativamente en la pista de baile... Pero él no buscaba el efímero consuelo de las sábanas, anhelaba un amor sincero y duradero.

A su alrededor se extendía el reino de la vanidad. Un reino de hombres y mujeres que reclamaban su derecho a ser ellos mismos, a distinguirse de los demás. Un mundo donde todos presumían de genio artístico, de suma inteligencia, de talento incomprendido. Vestíanse, comportábanse como tales. Pobres mortales, sedientos de reconocimiento eterno. Pero a nuestro artista, todos esos egos le parecían pasajeros. Su obra se lo repetía todos los días.

Y siempre terminaba entablando conversación con alguna mujer hermosa, aquella de entre las que coqueteaban en torno a él que llamaba la atención de su instinto. Una mirada bastaba para leer la bondad de aquel alma. Y hablaban y hablaban durante horas, conociéndose, enamorándose poco a poco, hasta que... hasta que ella le preguntaba a qué se dedicaba... y él respondía que al arte... ¿Y qué arte? - insistía ella embelesada, ardiente ante el hallazgo definitivo del alma gemela... Y él, modesto y ruborizado, se iba apasionando poco a poco, a medida que describía su obra...

"Soy un artista fúnebre, diseño el último lecho, el "hasta pronto" que nos despide, el último homenaje, el último honor... Y mi obra se personaliza en cada caso... Así, imagino ataúdes de cristal, ataúdes de colores, o estampados con el cielo, con la tierra, con notas musicales, con olas marinas... Ataúdes mullidos y confortables, monumentos funerarios dotados de un hilo musical, de luces, pompas fúnebres alegres, despedidas temporales... Ese adiós que se resiste a ser definitivo... El último abrazo, el gran consuelo, el descanso fraterno... son los poemas, los versos de la muerte. La muerte no sólo se viste de blanco o negro... hay muertes sublimes, hay vida en ellas, y yo la siento, la palpo con mis manos y me dejo llevar por tales ensueños al configurar los prototipos... "

En raras ocasiones duraba su apasionada exposición más allá de un cuarto de hora, pues la que se intuía como su fiel alma gemela le terminaba interrumpiendo, y huía despavorida con cualquier excusa de mala improvisación. Y él se quedaba de nuevo solo, reflexionando sobre la mujer que acababa de partir. un ego más que evitaba la mención del último suspiro, que se aterraba ante la idea de la mortalidad... Pero el tiempo corre inexorable, y los hilos del destino se calculan con precisión infinitesimal, y tal vez en esa infinitésima parte del final radique la comprensión total en el alma gemela que hoy siempre huye, y que hoy no soporta el triste adiós del olvido.

Un abrazo

domingo, 27 de abril de 2014

Instinto

Querido amigo: 

Ha años que aguardo. No arrojo la esperanza al fango de la indolencia. Mi confesionario lleva años sin cerrar sus puertas, ni de noche ni de día, desde que bendije al último hombre que salió de la iglesia a hombros, acompañado del luctuoso tañido de las campanas. 

Desde entonces, muchos se mudaron para nunca volver, y las calles de este pueblo se tiñeron de silencio. 

Otrora, el día que casé a Diosdado con Angustias, la hija del hacendado Cosme, todos celebramos el triunfo del amor. Cómo si no se habría fijado aquella flor de muchacha en aquel pobre labrador, que apenas sabía hablar. Y él, cómo la quería. La felicidad se desbordaba en su sonrisa, cuando desde el predio me veía y se incorporaba para saludarme de lejos con la azada. 

En cuanto a la Angustias, mudaba de talante como las estaciones. Se casó primaveral, su amor luego se agostó con tanta pasión, y ya en el otoño sin fruto, sin hijos, se hundió en el invierno. Muchacha bien, regalada y antojadiza, pronto se sació su libido, pronto comenzó a apretarle la alianza en el dedo, pronto busco nuevos aires para ventilar la alcoba nupcial. 

Una mañana, Diosdado no se irguió para saludarme. Ariñonado sobre el surco, hendía con violencia el azadón. Desde entonces, no se dejó asomar si quiera por la iglesia, sino por las tabernas, donde el vino se tornó en un traicionero confidente. Aquel día, conocimos que la Angustias esperaba ya de tres meses. 

Ni al bautizo de la criatura acudió el labrador, que aquel día se emborrachó hasta perder el sentido. Sincero y brutal como la gente que labra estas tierras casi estériles, Diosdado no fingió, no guardó las apariencias ante el pecado de su esposa. Guardó silenció, selló el corazón al perdón y se entregó a avivar la sed de la venganza. 

Mientras tanto, el bastardo crecía sano y fuerte, bajo la protección del hacendado Cosme, que temiendo el momento en que estallara la ira contenida de su yerno, se volcó en su nieto. 

Siete años había cumplido el niño, el día que amaneció el pintor con una puñalada en el pecho. Para entonces, las desavenencias entre Diosdado y Angustias se habían olvidado, y los vecinos terminaron por convencerse de que había un homicida maníaco entre ellos. El miedo se apoderó del espíritu popular, y ya nadie se confiaba en nadie. 

Cuando el féretro del infortunado pintor cruzó los umbrales del portón de la iglesia, acompañado del luctuoso tañido de las campanas, me alumbró una visión. Tras los cristales de la puerta de la taberna que se encuentra en la plaza, el sombrío rostro de Diosdado contemplaba con una sonrisa el cortejo fúnebre. Nunca antes había yo reparado en aquella taberna, pero en aquel momento, sumergido en el silencio quebrado por las campanas, sentí una premonición, y mi mirada se clavó en la del labrador. Desde entonces supe inefablemente que mi confesionario habría de esperar día y noche a aquel alma atormentada. 

Me devané los sesos tratando de comprender por qué Diosdado había cometido aquel crimen contra un hombre que se pasaba la vida con sus lienzos y pinceles. Un hombre que a nadie molestaba, de quien nadie podía hablar nada malo. 

Una tarde, al pasar junto a la escuela, vi al nieto de Cosme dibujando de rodillas en el patio con tizas de colores, con tanto primor, con tanta dulzura, que no más parecía que sus manos tenían vida propia. 

Ya todo me quedaba claro, todo salvo cuánto tiempo habría de seguir esperando en mi confesionario, donde ya apenas quedan feligreses, porque el miedo se los ha ido llevando. 

Un abrazo